Vivir nuestro testimonio

September 6, 2017

Discurso dado por John Gustav-Wrathall en la Conferencia Internacional de Afirmación República Dominicana y el Caribe.

 

El testimonio se puede expresar de varias maneras

He compartido mi testimonio una única vez en mi barrio. Estoy excomulgado, así que conforme con las reglas de la Iglesia, no se me permite generalmente prestar mi testimonio desde el púlpito. Pero una vez hace varios años, mientras me preparaba para ir a la iglesia un domingo de ayuno y testimonio, sentí un impulso muy fuerte del Espíritu para compartir mi testimonio en la reunión. Fue un mensaje tan claro y fuerte, que sabía que provenía del Señor. Le dije al Señor: «Señor, no puedo. No me es permitido prestar mi testimonio». El Señor respondió: «Pídele permiso a tu obispo». Y yo dije: «Señor, mi obispo no es el tipo de persona que hace excepciones a las reglas. Él nunca dirá que sí». Y el Señor dijo: «Pídele. Si él dice que no, entonces tú habrás hecho todo lo que te he pedido». Así que llegué a la iglesia cinco minutos antes, y le pregunté simplemente a mi obispo: «¿Puedo dar mi testimonio hoy?» Mi obispo me miró directamente a los ojos y dijo: «Tienes tú el don de la fe. Puedes compartir tu testimonio». Más tarde, cuando mi obispo me recordó que esto era sólo una vez, le respondí: «Yo lo sé. Yo no te hubiera pedido si el Espíritu no me había impulsado». Él contestó: «No te hubiera dejado prestar tu testimonio si el Espíritu no me había impulsado».

 

Esa es la única vez que he dado mi testimonio desde el púlpito de mi barrio. De vez en cuando he sentido un fuerte deseo de compartir mi testimonio durante la reunión de ayuno y testimonio, pero desde entonces nunca me he sentido impulsado por el Espíritu a prestar mi testimonio de la manera que lo hice entonces.

 

En nuestra última reunión de ayuno y testimonio hace unas semanas había mucha gratitud en mi corazón por algunas cosas que el Señor me había enseñado recientemente y tenía un profundo deseo de dar mi testimonio. Como en otras ocasiones, oré y pedí al Señor si esto podría ser otra vez para que yo pueda dar mi testimonio. Y la respuesta del Señor fue: «No, no hoy. Pero no te preocupes, llegará el momento». Tan pronto como sentí este impulso, me sentí en paz, y di las gracias al Señor.

 

Ese domingo, nuestro Setenta de Área estuvo presente y presidió en nuestra sala. Él es un miembro de nuestro barrio y él nos conoce a mí y a mi esposo. Después de la reunión de ayuno y testimonio, él vino a mí y me pidió si podíamos hablar. Nos sentamos juntos en la última fila de la capilla, donde suelo sentarme. Él dijo: «Hoy te estaba mirando desde el estrado. Y podría SENTIR tu testimonio. Era tan fuerte. Fue notable». Estaba un poco sorprendido. Le respondí: «Es curioso que lo menciones, porque hoy realmente quería dar mi testimonio. Pero como sabes, no me es permitido hacerlo». Hubo una mirada de tristeza en sus ojos, y él respondió: «Tú has prestado tu testimonio sin palabras. Lo SENTÍ. No tienes ninguna idea de qué tú haces un impacto a la gente». Lágrimas me llegaron a los ojos, y él me abrazó, y luego fuimos a la Escuela Dominical.

 

“Let children come” (“Dejad venir a los niños”) por Liz Lemon Swindle

Los que estamos «sin ley»

Recientemente estuve estudiando Moroni, capítulo 8, en el Libro de Mormón. Superficialmente, este capítulo parece ser principalmente sobre el tema del bautismo infantil. Es una carta de presentación Mormón a su hijo Moroni que condena enérgicamente el bautismo infantil, en el cual dice Mormón: «El que supone que los niños pequeños tienen necesidad del bautismo, se halla en la hiel de la amargura y en las cadenas de la iniquidad, porque no tiene ni fe, ni esperanza, ni caridad; por tanto, si fuere talado mientras tenga tal pensamiento, tendrá que bajar al infierno» (versículo 14). Es una condena muy fuerte.

 

Si estudiamos más profundamente el capítulo, entendemos por qué Mormón tenía sentimientos tan fuertes sobre este tema. Es porque la cuestión del bautismo infantil toca una cuestión mucho más grande, y esa es la naturaleza y el carácter de Dios mismo. En un universo donde Dios requeriría el bautismo como condición para la salvación, sólo un Dios muy caprichoso e injusto condenaría a un niño al infierno por no ser bautizado. Mormón argumenta que la idea del bautismo infantil es errónea por dos razones. Primero, porque el bautismo es necesario para la remisión de los pecados, y los niños están insuficientemente desarrollados emocionalmente y espiritualmente para ser considerados responsables por el pecado. Y segundo, porque la Expiación de Jesucristo cubre a todos aquellos que no pueden cumplir el requisito del bautismo porque nunca se les dio la oportunidad en esta vida. Ambos principios iluminan el carácter de Dios.

 

Mormón insiste en que Dios no tiene favoritos. Dios no prefiere a una persona sobre otra debido a incidentes de nacimiento. «Son todos iguales y participan de la salvación», dice Mormón en el versículo 17. «Dios no es un Dios parcial», dice en el versículo 18. Hablando de los que no han sido bautizados porque no se les ha dado una oportunidad apropiada, Mormón dice: «Todos viven en él por motivo de su misericordia» (versículo 19). Dios no es sólo un Dios justo e imparcial, sino un Dios misericordioso. Él es amable con nosotros, y comprende nuestras circunstancias únicas. Los que no pueden ser bautizados para razones que están fuera de su control son los que describe Mormón aquí como «sin ley». «Todos aquellos que están sin ley [viven en Cristo]. Porque el poder de la redención surte efecto en todos aquellos que no tienen ley; por tanto, el que no ha sido condenado, o sea, que no está bajo condenación alguna, no puede arrepentirse; y para tal el bautismo de nada sirve» (versículo 22).

 

Así que este es un principio que es particularmente importante, creo, para los santos LGBT de hoy. Dios nos trata según su justicia, su misericordia y nuestras circunstancias únicas. Dios no ve como el hombre ve. Dios no mira las circunstancias externas, pero Dios ve nuestro corazón. Él ve nuestras intenciones y nuestros deseos, no las limitaciones que nos rodean.

 

Esperanza

Hay una promesa muy poderosa en este capítulo que he aprendido aplica a nosotros tanto como a cualquier otra persona – independientemente de nuestras circunstancias externas. Mormón dice:

 

«Por qué motivo de la mansedumbre y la humildad de corazón viene la visitación del Espíritu Santo, el cual Consolador llena de esperanza y de amor perfecto, amor que perdura por la diligencia en la oración, hasta que venga el fin, cuando todos los santos morarán con Dios». (Versículo 26)

 

Cuando hacemos una elección consciente de ser «mansos y humildes de corazón», es decir, cuando somos abiertos y enseñables, cuando reconocemos nuestra necesidad de guía desde arriba, entonces el Señor envía su Espíritu Santo para estar con nosotros, lo cual nos llena «con esperanza y amor perfecto». Cuando tenemos el Espíritu en nuestras vidas, no podemos ser sin esperanza. No podemos desesperarnos. Cuando tenemos el Espíritu en nuestras vidas, no podemos odiar. No podemos aferrarnos a la ira. Perdonamos, porque reconocemos nuestra propia necesidad de perdón. Como Dios, como Jesucristo, vemos y nos aferramos a lo mejor en la gente. Somos ansiosos a que sientan al Espíritu Santo también, para que podamos regocijarnos en la unidad que nos trae. Y miramos y oramos por un futuro cuando «todos los santos» habitarán con Dios.

 

Si queremos sentir esta paz, todo lo que necesitamos hacer es pedirle a Dios. Ser mansos y humildes de corazón es simplemente abrirnos a Dios, presentarnos a Él para ser guiados y enseñados y para servir a Él.

 

Cuando hacemos esto, otros lo notan. Otros pueden sentirlo, de la misma manera que mi Setenta de Área lo sentía en mí y daba testimonio de que lo había sentido. No es que yo soy tan perfecto. Es que la adversidad que enfrentamos como mormones LGBT nos refina y nos hace más como Cristo. Ayer por la noche, en el panel de la diversidad en Afirmación, entendimos historias, todas muy complejas y difíciles. Pero en cada uno que compartió su historia, vi brillar una luz hermosa, valiente y resplandeciente. Yo veo esa luz en cada uno de ustedes hoy.

 

Nuestra bendición como LGBT

Si ustedes son conscientes o no, si alguien les dice o no, cuando la luz del Espíritu brilla en ustedes, ¡otros la ven! Otros la notan y son conscientes. ¡Y ESE es nuestro testimonio vivo! Ese es el testimonio que vivimos. No las palabras que hablamos desde un púlpito, sino los tipos de vidas que vivimos: vidas que pueden ser llenas de amor, bondad, perdón, justicia, mansedumbre y paciencia. Nosotros, las personas LGBT, somos bendecidos porque tenemos mucho que perdonar. ¿Hemos experimentado perjudicados por las palabras y acciones homofóbicas y transfóbicas de los demás? Podemos elegir no dejar que esas palabras y acciones nos definan. ¡Y cuando elegimos devolver el perdón y el amor por el daño y el malentendido, nuestra luz brilla particularmente brillante! Otros no sólo lo ven, lo notan y lo sienten, sino que no pueden dejar de ser transformados por él. Cada uno de ustedes puede hacer un impacto inestimable en la gente en su alrededor. Y todos seremos transformados hasta ese día perfecto cuando todos cantemos amor redentor en la presencia de Dios, cuando podamos ver a Él porque somos como Él.

 

Que esta capacidad está en cada uno de nosotros, que seamos gay, lesbiana, bi, trans o heterosexual, que seamos miembros bautizados de la Iglesia o no, es mi testimonio en el nombre de Jesucristo. Amén.

 

Puedes ver este discurso en el siguiente video:

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